domingo, 20 de diciembre de 2020

 

2020 AÑO B TIEMPO DE ADVIENTO IV

 

Ya hemos llegado al pórtico de la Navidad en este 4 domingo de adviento. En las lecturas de hoy destaca el contraste entre la actitud de David, que después de hacerse un palacio, decide hacer un favor a Dios, construyéndole un templo para que habite; y la actitud de María que ve solo la gratuidad de Dios para con ella. La humildad de María hace posible el acercamiento a Dios. La soberbia de David le aleja de Él. La lección es clara: Nosotros no podemos hacer nada por Dios, es Él quien lo hace todo por nosotros.

María es proclamada Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. El don de la maternidad no tiene sexo y es consustancial a todas las criaturas en todo espacio y tiempo.

Cuando Dios se encarna ser humano, la encarnación es alma que lo anima todo. Jesús lo remarcó en Jn 10, 10: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. Dar a luz es dar luz; es inspirar e iluminar: “Las religiones mueren cuando fallan sus luces”, escribió el gran teólogo alemán W. Pannenberg (1928-2014).

Célibes o casados, embarazada o virgen, todos podemos concebir en un “hágase en mí” gozoso. Un “fiat” que es un peregrinar al templo de nuestro propio ser, a nuestro centro. Y es una invitación a salir luego de nuestro vientre personal, a implicarse en los problemas de los otros y ayudarles a que también ellos puedan acudir cuanto antes a su centro.

Toda maternidad es don y donación. No se puede engendrar sin parir luego. Es como impedir que la vida biológica siga cumpliendo su misión.

Únicamente de este modo podremos cambiar el mundo y hacerlo más habitable. Y para cambiarnos a nosotros, es necesario entrar dentro de cada uno y en lo más profundo y desde ahí realizar todos los cambios que requiera la vida.

En este domingo se cambia el concepto de Dios según el evangelista. El Dios que a través de todo el AT se manifiesta como el poderoso, el invencible, el dador de la muerte y la vida, pide ahora el consentimiento a una humilde muchacha para llevar a cabo la oferta más extraordinaria en favor de los hombres. Ese formidable cambio en la manera de concebir a Dios no es fácil de comprender.

Dios se hace presente en la sencillez. Seguimos esperando portentos y milagros en los que se manifieste el dios que nos hemos fabricado. Ningún acontecimiento espectacular hace presente a Dios. Al contrario, en cualquier acontecimiento por sencillo que sea, podemos descubrirlo. Somos nosotros los que ponemos a Dios allí donde lo vemos. 

 

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