martes, 21 de abril de 2020


HABLANDO HACIA EMAÚS TE ENCONTRÉ

“Aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén. Iban comentando todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó: - ¿De qué vais conversando por el camino?” Lc 24, 13- 17

Casi recién estrenada la Pascua, en esta reclusión en la que todos nos encontramos, volvemos al quehacer de cada día, a la rutina. Trabajando desde casa, inventado motones de cosas para ir pasando el tiempo, aprovechando para recolocar y ordenar la casa, o los pensamientos.
Pero lo hacemos desde esa alegría del Resucitado. ¿Ha cambiado algo en mi día a día? Puede que sí porque Tú no descansas. No te tomas semanas de vacaciones, y aquí apareces, paseando a mi lado, ¡y yo sin darme cuenta! Y no te limitas a quedarte ahí, no, ese no es tu estilo. Tu estilo es siempre mezclar tu mensaje con mi propia vida. Así que me preguntas:
-“¿de qué vas hablando?”.
Y entonces, curiosamente, me quedo sin palabras. Y me doy cuenta de lo mucho que he hablado ya estos días y ahora soy yo quien se pregunta si he hablado lo suficiente de Ti.
Aprovechemos esta ocasión de contemplar a Jesús resucitado en este momento de adoración y quedemos en silencio ante él, la Pascua eterna. Él que se hace siempre presente y encontradizo en nuestra vida.
Hacemos silencio y contemplamos, Él está aquí a nuestro lado 



 Así dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» Is. 55, 10-11 






Y ahora, que me he parado un momento, te encuentro a mi lado. Por fin te miro y te reconozco. Y recuerdo muchas cosas que me han ido pasando. Y empiezo a escucharme y a saber lo que quiero para mí y lo que necesitan los demás. Y decido pensar con calma para poder elegir las palabras que utilizar. Pero, sobre todo, deseo esa calma para escuchar, siempre nueva, la palabra que más tiene que decirme: la tuya, Señor. Y entonces pondré lo que tengo a tu disposición, y probablemente no hagan falta ya las palabras, porque incluso cuando no crea que lo hace, mi vida hablará de Ti; de esa palabra que llena y que abrasa.
TU PALABRA
Haz de mi vida bienaventuranza
pon en mi mirada misericordia
abre mis manos para dar sin precio,
y pon, pon en mi boca tu palabra.
Trae a mis cadenas tu liberación
pon en mis engaños tu verdad profunda
pon en mi cobardía tu evangelio valiente,
y pon, pon en mi boca tu palabra.
Palabra que me inquieta
Palabra que me llama
Palabra que me llena
Palabra que me abrasa
Palabra que pronuncio y todo cambia
La tierra late con tu palabra
Palabra recibida
Palabra proclamada
Palabra que me hiere
Palabra que me sana
Palabra que se encarna y todo cambia
La tierra late con tu palabra
Hazme compasivo, fiel hasta la cruz
Conduce mis pasos, firme tras tus huellas.
La noche más oscura enciende con tu presencia,
y pon, pon en mi boca tu palabra,
Palabra que me inquieta.
Amén





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